¿Se acordarán de nosotros?

Uno de los dramas más ignominiosos que estamos presenciando en el interior de lo que está ocurriendo en muchas de las residencias de nuestro país es conocer las historias y los testimonios de muchos de nuestros mayores que hace mucho tiempo que no ven a sus hijos ni a sus nietos, que hace mucho tiempo que no escuchan la voz de un ser querido y que van viendo cómo sus últimos días de vida transcurren entre el miedo frente a este implacable y desconocido enemigo que es la COVID-19 al que aún estamos aprendiendo a combatir y el desasosiego, aún más terrible, de no saber si es mejor olvidar o que aflore el rencor cuando te sientes solo.

Muchos de nuestros mayores cuentan que hace mucho tiempo que no escuchan la voz de sus hijos, que no es que ya no les vengan a ver o a ayudarles a dar un paseo, es que hace mucho tiempo que no reciben una llamada ni una carta ni una postal. Cuentan algunos que quizás se deba a que hace mucho tiempo tuvieron una fuerte discusión sobre la idoneidad de vender un piso, pero ya casi no se acuerdan bien. Otros cuentan que no se encuentran mal en la residencia, pero que tienen la sensación de que sus hijos les dejaron allí como un destierro o una expiación y que se trata de una sensación que les hace estar tristes y no saber hacer otra cosa que esperar. ¿Que qué hicieron para merecerse ese castigo? No lo saben, quizás se debió a que ya no tenían nada que ofrecerles, tan solo los típicos reproches de los padres y las típicas recriminaciones de las madres. Algunos nos dicen que no entienden lo que pudo ocurrir, que no recuerdan haber discutido ni haber llevado la contraria a sus hijos, que por eso no se explican por qué no van a verlos o por qué no les llaman por teléfono. Es verdad, dicen, que sus hijos siempre han estado muy ocupados, que ya antes no se pasaban mucho por casa, por eso no se explican por qué ahora, con la muerte acechando a cada momento, no se hayan preocupado por saber cómo se encuentran. Otros se sienten afortunados porque sus hijos suelen ir un rato los domingos y al menos saben que no les han olvidado. Les cuentan que no hacen otra cosa que trabajar y que no tienen tiempo para nada. Lo cierto es que todos se sienten confusos y algunos se atreven a decir que si ahora pudieran les desheredarían, que es imperdonable e inmisericorde que unos hijos no se acuerden de sus padres, que nada de lo que hicieron o dijeron puede ser tan grave como para merecerse caer en el más absoluto olvido, pero que es imposible dejarles sin la legítima. Otros, cuando escuchan a sus compañeros agachan la cabeza porque ellos ya les dieron todo y, aunque quisieran, ya nada les podrían quitar. Hay dos de ellos que afirman haber leído que en algunas comunidades están empezando a asimilar el abandono como una forma de maltrato, que es uno de los pocos supuestos en los que unos padres pueden dejar sin el tercio de sus pertenencias que por Ley pertenece a los hijos. Muchos callan porque si eso fuera verdad tienen miedo a que se les pase por la cabeza tomar medidas en esa dirección porque son muchas las horas en las que se encuentran afligidos y solos durante el día y se preguntan si esa soledad que se ha apoderado de ellos no es una forma cruel de maltrato. Para la mayoría no admite discusión, pero también para la mayoría les supone un sufrimiento igual de insoportable que la soledad el reconocer que sus hijos los han abandonado. ¿Qué pensaran de ellos? Es mejor callar, pero que el silencio no deje lugar a dudas y aún mejor sería si se dejaran de acordar, se dicen algunos, si pudieran olvidarse de todo.

Cuando se miran entre ellos pueden adivinar lo que están sintiendo y cuando ven que algunos no están dispuestos a que sus últimas pertenencias acaben en manos de unos hijos que hace mucho tiempo que dejaron de preocuparse de ellos, se preguntan si no es mejor morir dignamente que seguir ocultado el verdadero motivo de su soledad.

Maltrato, violencia verbal o no haberle proporcionado alimentos para su manutención son los pocos supuestos en los que unos padres pueden desheredar a sus hijos. No es nada fácil cumplir la famosa frase: “te voy a desheredar” que se emplea cuando los hijos se portan mal, pero durante esta pandemia se ha descubierto que a muchos de nuestros mayores le hubiese gustado tener la oportunidad de hacerlo. Ahora se está empezando a reflexionar si el abandono no es una forma de maltrato. Si el derecho comienza a considerarlo quizás nos encontremos con muchos desheredados en los próximos meses y, lo que es peor, con muchos padres que se habrán olvidado de sus hijos.

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