Sin saber donde mirar

La pandemia se está llevando muchas cosas por delante, entre ellas la confianza que tenemos en nosotros mismos, en nuestros semejantes y entre quienes tienen que tomar decisiones que nos hagan salir de esta catástrofe social y económica con las menores pérdidas posibles. No podemos estar atenazados por la incertidumbre y tenemos que tomar nuestras propias decisiones: responsabilidad o negación. Es así de fácil. Podemos intuir que para con nuestros semejantes comenzamos a tener muy pocas dosis de solidaridad. En los meses de confinamiento hicimos un sprint de camaradería y fraternidad, que fue fundamental para superar esa etapa, porque creíamos que el final de túnel estaría más cerca de lo que sabemos ahora y a día de hoy nos encontramos exhaustos de buenas intenciones. También nos estamos quedando en los huesos en cuanto a nuestras referencias, tan importantes a lo largo de la historia para no caminar a ciegas y tan necesarias en este momento de confusión y neblina social.

Uno de los motores del progreso siempre han sido las referencias, saber dónde mirar, saber de quién aprender y saber mejorar. Este ha sido un principio básico de la evolución. En la antigüedad los pueblos del Mediterráneo se miraban unos a otros, se estudiaban, en ocasiones se daban a la gresca, pero en definitiva aprendían unos de los otros y evolucionaban. Los romanos de los griegos y estos de los egipcios y de las civilizaciones orientales y así sucesivamente. Platón tuvo a Sócrates, que sin dejar nada por escrito creó escuela y dio paso al pensamiento occidental.

Albert Einstein o Marie Curie han guiado a millones de científicos y de defensores de las libertades individuales o de los derechos de la mujer a lo largo de estos dos últimos siglos. Dos ejemplos de referencias que nos han guiado hasta lo que somos hoy en día. La lista es nutrida y ejemplos como Mahatma Gandhi, Nelson Mandela o en el mundo de la cultura popular Elvis Presley, Bob Dylan o los Beatles supieron dónde mirar y miles de jóvenes aprendieron de ellos. Martin Luther King o el mismísimo JFK también han guiado a muchos hombres y mujeres en el arte de la política y la oratoria. Referencias que se han ido nutriendo de anteriores líderes que sin saberlo ni pretenderlo han sido palancas imprescindibles para hacer avanzar nuestra historia y nuestro saber. Tenían dónde mirar y supieron mirar, aprender y mejorar para que los siguientes pudieran seguir alimentando el progreso. Tuvieron una ventaja, fueron espoleados por una sociedad que era exigente, que necesitaba avanzar en derechos humanos y libertad.

En este presente turbulento y confuso marcado por la posverdad estamos perdiendo nuestra capacidad para saber dónde mirar y de quién aprender y nos agota tener que buscar entre tanta desinformación y tantas opiniones interesadas y pueriles alguna referencia que estimule nuestros sentidos y nos haga salir de esta apatía y desconfianza hacia todo y hacia todos. Recuperar la confianza de una sociedad que no sabe dónde mirar es la función de un líder y de un referente, porque cuando no se tienen o se pierden las referencias es muy fácil confundirse y naufragar en un mar de necedades. En un momento decisivo, pero de gran confusión, Nelson Mandela supo ser un referente para su pueblo e iniciar una senda de progreso e igualdad.

   Decir algo con cierta gracia o con una pizca de aplomo nos empieza a valer e incluso nos empezamos a creer a personajes sobreactuados como si se trataran del mismísimo Marlon Brando, un referente que estimuló a actores como Robert de Niro o Al Pacino que tuvieron dónde mirar, aprender y mejorar. Podría decir, a modo de autocrítica, que casi cualquier cosa nos vale a día de hoy y que nos hemos vuelto poco exigentes y que debido a esta falta de exigencia no están aflorando personas que tengan la capacidad de ser referentes y que nos hagan mirar hacia ellos para aprender y mejorar.

Los caminos fáciles, los atajos, las frases hechas, las poses y la ocurrencia desmedida son las herramientas que utilizan los nuevos “referentes” para proyectar una imagen lo suficientemente brilli brilli que nos llame la atención y nos hagan mirar hacia ellos. La duda es si queremos ser exigentes para aprender y mejorar o nos conformamos con el mínimo para pasar el día una vez agotadas nuestras reservas de solidaridad. 

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