Otra forma de ver.

Nunca imaginé que le volvería a ver, y eso que yo muchas cosas me las tengo que imaginar, pero cuando vi su voz fue como volver a sentir aquel vértigo en lo alto del risco que desdibujó mi horizonte según lo había imaginado hasta entonces. Una vez una amiga me dijo que ella tenía un lugar secreto y mágico que la fascinaba y que cuando se sentía desorientada se escapaba a lo alto de la peña de Francia, un cerro de mil quinientos metros de altura, muy rocoso y encaramado, donde había tenido lugar una escaramuza entre españoles y franceses -que con el paso del tiempo se convirtió en una gran batalla allá por aquel pasado nuestro glorioso de 1812, que al poco tiempo volvimos a  envilecer y a deshonrar el siempre maltrecho recuerdo- y se encaramaba en la última de las rocas con los brazos en aspas y los ojos cerrados. Al principio puede que te sientas aturdida, me explicaba, incluso cabe la posibilidad de que te sientas perdida y el miedo te suba por la espalda estremeciéndote toda la piel, pero si perseveras, podrás sentir cómo el viento abraza todo tu cuerpo y cómo la lejanía y el infinito te hace sentir más cerca de todo aquello que de verdad importa, más próxima de todo por lo que de verdad merece la pena entablar una gran contienda, piel con piel con todo por lo que la vida es merecedora de que arriesgues siempre y muy cerca de hacer desaparecer el temor por dar un paso firme adelante. Podrás escuchar al viento susurrarte al oído que la vida hay que vivirla con toda la intensidad y plenitud que los sueños te permitan. A mí me funciona, me decía, cuando aparece el hechizo es el momento de abrir los ojos y ver cómo se ilumina el ramal por donde tengo que encaminar mis pasos. Un día la pedí a mi amiga que me hiciera el favor de acompañarme a lo alto de la peña de Francia y que me ayudara a subir al último de los peñascos para poder experimentar todas aquellas emociones que ella me describía con tanto entusiasmo y minuciosidad ¿Sería posible sentir el confín del mundo y lo interminable? ¿Sentiría pavor frío y no lo soportaría o sería capaz de resistir hasta que el viento me embarcara? Si era hacedero, yo no me quería conformar con tantearlo con mis sensibles dedos, solo me valía poder verlo con mis propios ojos. Y así lo hicimos. Una tarde de otoño en la que el sol quería ufanarse como en verano, nos encarrilamos agarradas de la mano antes de que la noche se acomodara en su solitario trono y me elevé a la roca postrera. Sentí el ábrego, que ya anunciaba las esperadas lluvias tras un año de sequía, que rodeó todo mi cuerpo como si de una sábana de seda fina y transparente se tratase dándome templanza, abrí mis brazos y estiré mis dedos y casi pude rozar el horizonte, pero no vi la orilla brillante del mar cristalino ni tampoco sentí mi cuerpo palpitar porque el recelo hubiese vencido. Tan solo nos visitó ese plomizo silencio que es fácil de interpretar. Quizás mi amiga pensó que una vez arriba, aunque yo luego pudiera abrir los ojos no podría ver nada, y mucho menos un camino iluminado por un azul eterno, y entonces la magia y el hechizo no podrían hacer su aparición y nunca sabría por dónde tenía que encauzar mis pasos. Quizás fue aquel un buen momento para explicarle que yo también veía, quizás no como ella, quizás no como ven la mayoría de las personas, pero sí veía, y veía como realmente hay que ver todo lo que te rodea y lo que quieres que esté a tu lado: veía con él corazón. Me bajé de la roca y con el sigilo como la típica compañía encontrada por casualidad de la que no sabes desprenderte, nos volvimos para la ciudad, quizás mi amiga defraudada y sintiendo que no había sido una idea muy acertada y quizás yo deseando volver porque sabía que podía verlo a mí manera. Y al día siguiente le pedí a otra amiga que me acompañara, pero no me subí al peñasco: tan solo quería hacer el trayecto, paso a paso, recoveco a recoveco. Al siguiente día fue mi hermano quien me acompaño sin hacer muchas preguntas y al siguiente un compañero de trabajo y así una tarde tras otra hasta que agoté mi agenda de amigos y familiares y hasta que Moris se aprendió el camino y pudimos subir una tarde los dos solos, y mientras yo me alzaba a la roca, él se tumbó custodiando mi seguridad y observándolo todo a su manera también. Y entonces el viento acudió en mi busca y me hizo tambalearme y apunto estuve de perder el equilibrio y caer turbada y el miedo se encaramó hasta mi nuca apretándola hasta hacerme perder casi la razón, pero no estaba allí para ser derrotada y tensé todos mis músculos como si fueran los cabos de un barco bajo una tormenta. Y entonces lo pude ver todo, pude ver la energía que recorría todo mi cuerpo, que se estiraba y entraba y salía de mí con la inmediatez de lo inesperado, pude ver cómo formaba un círculo y subía desde mi cabeza bajando hasta mis pies acariciándome, pude ver cómo luego se tornaba en una espiral que me agarraba con fuerza la cintura para finalmente situarse frente a mis ojos como dos candelas que iluminaban el camino que debía seguir para conseguir todo lo que me propusiese. Y sentí el vértigo. El mismo vértigo que cuando volví a ver su voz aquel día.

¿Qué debía hacer en este momento? Me pregunté mientras los nervios me iban acariciando la piel con sus dedos de lija. Su voz seguía siendo igual de tersa y cálida que cuando me describía al oído lo agitado que estaba el mar esa mañana cuando salíamos a dar un paseo por la playa y yo le contaba cómo veía el sonido de las olas arremetiendo contras los arrecifes. ¿Me habría visto él a mí primero y quizás se encontraba en la misma encrucijada que yo?, me volví a preguntar. En ese momento me hubiese gustado coger a Moris y salir precipitados hacia la Peña Francia para evocar a la magia y encontrar respuestas, pero enseguida me di cuenta que precisamente estaba allí para acabar de encontrarlas.

 Habían pasado cerca se siete años desde que nos despedimos. Yo no quise que me acompañara al aeropuerto, hubiese sido mucho más duro, como si nos despidiéramos para toda la vida, aunque realmente así parecía que era. Yo no pude rechazar la propuesta de la Universidad de Berkeley de trabajar como profesora adjunta de psicología. ¿Cuántas veces le había contado que había visto California? Ahora tenía la oportunidad de poder tocar el Pacífico, de poder oler los olivos del Valle de Napa y, sobre todo, tenía la oportunidad de poder ver cumplidos uno de mis sueños. ¿Cuántos sueños se quedan sin cumplir? Los de toda una vida quizás. ¿Qué es la vida? Una ilusión, cómo diría Segismundo y mi oportunidad es un bien pequeño que no debía eludir. Al igual que su bien estimado era aceptar el puesto de profesor titular de la cátedra de historia moderna de la universidad de nuestra ciudad. Él tan arraigado a sus raíces, yo con la imperiosa necesidad de ver mundo. Ninguno de los dos dejamos que la locura del amor se interpusiera entre nuestros propósitos, y como suele pasar en estos casos, todo se confía al paso del tiempo que acaba discerniendo entre si no era realmente amor, en cuyo caso se desvaneciera en el aire como la brillantina tras acabar la fiesta, y si era amor de verdad, en cuyo caso sabría encontrar el camino para volver a juntarnos. Y allí estábamos, uno tan cerca del otro después de tanto tiempo, en la cafetería de una sala de exposiciones donde mostraban una retrospectiva fotográfica sobre los años de la República de Weimar y donde él leía un prólogo a la exposición que había escrito para su inauguración. Me levanté para acercarme a él, tenía que dar ese paso adelante que aprendí a dar en la Peña de Francia cuando un hombre se acercó a mí para brindarme su ayuda, la cual decliné cortésmente, como siempre hay que hacer cuando alguien te quiere ayudar, momento en el que él se acercó a mí.

  Le acaricié sus pómulos a modo de saludo y nos abrazamos, al principio con pudor y al instante como siempre nos habíamos abrazado y no encontré ninguna dificultad en poder rozar sus carnosos labios. Le vi igual de guapo que siempre, quizás más serio o quizás algo sorprendido por el encuentro. Con muchas ganas de hablar, pero al mismo tiempo incómodo porque tenía que salir a leer el prólogo e inaugurar la exposición. Había muchas personas de las cuales no reconocí a nadie ni nadie me reconoció, quizás habíamos cambiado para todos los demás, pero tenía la impresión de que no habíamos cambiado para nosotros. Él me dijo que no tardaría mucho, que le esperara y que luego podíamos ir a tomar un café a un lugar más tranquilo. Quería contarme muchas cosas y quería que yo le contara muchas cosas de mí. Tenemos tantas cosas de las que hablar, tenemos tantas cosas que ver juntos, me aseguraba él, con su voz dulce desbordante de entusiasmo, que tendremos que tomar más de un café. El leyó el prólogo de forma brillante, la gente aplaudió y comenzaron a observar las fotografías en blanco y negro de una época que fue el prolegómeno de un acto de locura colectiva como solo las personas civilizadas sabemos hacer. A los pocos minutos se acercó a mí, me agarró de la mano con la firmeza de quien nunca te ha soltado y nos largamos los tres de allí.

Unos días antes yo había vuelto de California después de mucho tiempo sin visitar a mi familia. Habían sido años muy intensos y reconfortantes a nivel profesional. Hice muy buenos amigos y en especial hice una gran amistad con Carmen, una brillante psicóloga mexicana con la que compartí piso los primeros meses hasta que me pude acomodar en mi propio apartamento. Le hablaba mucho de mi ciudad, de lo que me gustaba pasear por ella y de lo que disfrutaba viendo a sus gentes desenfadadas pasar, sentada en una de las terrazas de la Plaza Mayor donde se tomaba el pulso a la urbe. Ella también me hablaba de su ciudad natal: Hermosillo, de lo animosa que era su gente y de que algún día volvería para trabajar allí, ese era su sueño, poder laborar para ayudar a los suyos y me aseguraba que había visto su sueño en un lugar fantástico. Carmen siempre me dejaba hablar porque intuía que cuando me animaba a tornar en palabras lo que sentía por mi ciudad también la estaba hablando de otros sentimientos que eran algo más que recuerdos y ensoñaciones. Carmen me enseñó aquella pequeña cala rodeada de árboles, ramas y cañizos donde había visto su sueño y a la que se accedía a través de un sinuoso camino de arena y conchas por el que había que andar encogida y encorvada para evitar que las ramas se enredaran en tu cabeza y que te guiaba hacia una de las vistas más impresionantes que una persona podía imaginar: el océano Pacífico, la inmensidad, la calma y la intensidad. La distancia y la posibilidad de estirar la mano y alcanzarlo todo. Y era allí donde Carmen me llevó una tarde y donde sentada a mi lado me dijo que hacía poco había visto una pésima película en casa mientras descansaba en el sofá, pero de la que extrajo una frase que se la quedó grabada: “el paraíso no es ningún lugar, el paraíso es sentirse parte de algo importante”. Y no hay nada más importante que el amor, me afirmó. Moris tardó unos cuantos días en aprenderse el camino y yo pude ver todo aquel imponente océano azul que aparentaba estar en calma, pero que provocaba un inmenso temporal en mi interior. Me dieron ganas de salir corriendo hasta la orilla y ponerme a nadar hasta aquella línea imaginaria que yo también veía donde se confunden el cielo y el océano, pero donde se encuentran, si las sabes ver, todas las respuestas y donde puedes ver, con más claridad que en ningún otro lugar, todos tus sueños.

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