Los imprescindibles

Me asomé a la ventana de mi piso y no vi a nadie por la calle. Hacía muchos días ya, había perdido la cuenta, que no veía a nadie dando un paseo, yendo a algún sitio, buscando algo u ocultándose y rara vez veía a alguien asomado a alguna ventana de las muchas que había en mi bloque de pisos y en el de enfrente. Ya no me extrañaba ni me aterrorizaba, era lo normal. Lo que me hubiese llamado la atención e incluso alertado hubiese sido ver a alguien por la calle o asomado, lo hubiese interpretado como una mala señal. Respiré profundamente, al menos aún el aire se podía respirar sin miedo a contagiarse, pero no sabíamos hasta cuándo. Se estaba corriendo la voz que los científicos pretendían rociar toda la atmosfera con un nuevo compuesto gaseoso que pretendía ahogar al virus definitivamente, pero si algo habíamos aprendido durante los últimos meses es que todo lo que nos proponían nunca era definitivo ni contundente. Todo lo que habían probado hasta ahora había resultado de una frustrante ineficacia y temíamos que nos estuvieran ocultando las consecuencias negativas y nocivas que podían tener para los seres humanos todas esas pruebas, así que respirar y admirar el cielo azul era un lujo al que no estaba dispuesto a renunciar, aunque el virus pudiera estar camuflado en alguna mota de polvo o en alguna gota en suspensión. ¿Quién sabía hasta cuando lo podría hacer?

Con las falsas esperanzas que nos pretendían insuflar haciendo correr noticias sobre nuevos compuestos milagrosos que acabarían con el virus de una vez por todas, pretendían mantenernos en nuestras casas y que no se resquebrajara la disciplina que nos habían impuesto ni renaciera nuestro interés por saber que era lo que estaba ocurriendo de verdad, porque algo estaba pasando a nuestras espaladas, algo se estaba tramando, lo podíamos intuir, aunque apenas tuviéramos fuerzas ni ganas para ponernos en marcha, para organizarnos y para empezar a buscar respuestas.

Hacía meses que no veíamos a nadie del personal sanitario, nos habían dicho que para protegerlos se habían refugiado en una ciudad bunker artificial libre de virus y totalmente segura frente a alguna nueva oleada descontrolada. La última vez que se produjo un brote desbocado la comunidad sanitaria tuvo muchas bajas y se dijeron que si ellos desaparecían quien iba a poder dispensar los fármacos necesarios a las personas contagiadas. Necesitaban protegerse para poder protegernos. Eso nos dijeron, aunque toda atención médica la recibíamos a través de videoconferencias y los fármacos que necesitábamos nos los hacían llegar a través de drones. Hacía tiempo que no teníamos contacto con los sanitarios.  Nadie sabía dónde se encontraba esa ciudad-bunker donde se refugiaban los sanitarios porque era la mejor manera para que nadie intentara profanar esa ciudad hermética y contagiarles.

¿Y los políticos? Hacía mucho tiempo que no sabíamos nada de ellos. Se decía que podían haber huido de la ira de muchos ciudadanos que les acusaban de haber acentuado toda esta pandemia y de no haber aportado las soluciones y los recursos para erradicar el virus. Se habían gastado todo el dinero público en enfrentarse los unos con los otros hasta el punto que habían conseguido que gran parte de la ciudadanía saliera a la calle en represalia de lo que estaban sufriendo y de todos los muertos que estaba dejando el virus. Se corió mucho riesgo y muchas personas salieron encolerizados a la calle sin mascarillas y sin ninguna protección en busca de concejales, alcaldes, senadores, diputados, ministros, consejeros, asesores y cualquier persona que tuviera que vez con la política Unos se contagiaron a otros porque la sinrazón y el desorden se había apoderado de muchos de nosotros. A muchos políticos se les dio caza, otros consiguieron escapar utilizando al ejercito y a la policía que aún quedaba al servicio del orden establecido. Pagaron justos por pecadores como suele ocurrir cuando la cuerda de la paciencia se rompe. Los que consiguieron huir, al igual que los sanitarios, se debieron refugiar en algún lugar aislado de todo contacto con la ciudadanía, pero a diferencia de los sanitarios se cuidaron mucho de no establecer ningún tipo de contacto con los ciudadanos que desesperados habían vuelto a sus hogares o lo que iban quedando de ellos.  Muchas casas de familias que habían fallecido o que habían tenido que abandonar por la explosión de un brote habían sido asaltadas por depravados y rapiñas urbanos. Cuando alguna de estas personas intentaba volver a su casa se encontraban que ya no quedaba nada de ellas, que todo había sido desmontado con idea de venderlo o por meros actos vandálicos o que se habían apoderado de ellas otras personas que de forma amenazante se resistían a abandonar esas casas y las habían hecho suyas. Esta realidad había traído como consecuencia que muchas de estas personas que habían perdido sus casas habían tenido que pedir auxilio y refugiarse en casa de familiares o amigos aumentando los factores de riesgo al superar muchas viviendas el aforo recomendado para mantener el confinamiento con seguridad.

La comunidad científica también se encontraba desaparecida, nadie sabía de ellos ni nadie sabía responder a si habían huido todos juntos o estaban investigando a través de cedulas independientes. Teníamos la esperanza de que estuvieran compartiendo los avances y el conocimiento que suponíamos que estaban logrando, pero nos generaba muchas suspicacias que cada poco tiempo se quisiera emplear algún método nuevo en modo de efluvio o de lluvia que se pudiera derramar desde el cielo para acabar con el virus. Las vacunas habían quedado descartadas porque todas habían fracasado y, sobre todo, las ultimas que se probaron en nosotros nos provocaron numerosos efectos secundarios que provocaron miles de fallecimientos incluso más que el propio virus.  No nos fiábamos porque creíamos que habían conseguido mezclar sus productos a través de la lluvia natural y todos nosotros cerrábamos puertas y ventanas para que no entrara una gota cuando se producía una tormenta. No sabíamos lo que estaban haciendo. Algunos afirmaban que habían sido secuestrados por multinacionales farmacéuticas y que se había producido una carrera por ver quien lograba dar con el antídoto infalible para luego venderlo al mejor postor, pero no había mejor postor. No había políticos, estaban escondidos y ocultos. No había gobiernos ni autoridades. ¿Quién iba a decidir comprar la solución que nos ofrecieran los científicos y quien iba a decidir como emplearla?

Hacía tiempo que tampoco veíamos a tantos animales como al inicio de la pandemia. Al principio perros, gatos, ratas, conejos, ciervos, lobos, zorros, cerdos, caballos y todo tipo de aves andaban a sus anchas por las calles que nosotros habíamos ido abandonando. Al principio nos hizo gracia, el mundo animal se adueñaba de espacios que el ser humano les había ido arrebatando. Luego empezaron a molestarnos, se reproducían a gran velocidad y sus excrementos estaban impregnando de un olor a podrido toda la ciudad. Más adelante nos vimos amenazados por que empezaron a atacarnos cuando los alimentos comenzaron a escasear. Luego les empezamos a cazar nosotros cuando tuvimos problemas de abastecimientos. En la ciudad imperaba la ley de la selva y a duras penas nos íbamos defendiendo hasta que una de las pruebas que hicieron los científicos o las farmacéuticas fue letal para los mamíferos y para los reptiles. No se habían visto afectados las aves, ni los anfibios ni los invertebrados por eso nos fuimos aprovisionando de flechas y cañas de pescar, aunque para hacernos con estos preciados alimentos teníamos que salir de casa y eso no siempre era posible y nunca era la mejor opción. Los productos sintéticos e industriales y las arañas, cucarachas, gusanos e insectos era parte de nuestra dieta diaria. Las plantas y los árboles se iban librando, pero en cualquier momento una de esas lluvias producidas artificialmente podía acabar con los bosques y con los parques y entonces el aire sería irrespirable y todos moriríamos.

¿Todos moriríamos? Esa pregunta comenzaba a dar vueltas por nuestras cabezas como un ratón colorado perdido en un laberinto incapaz de encontrar la salida. Si alguna de esas pruebas se convertía en un veneno para el cual no había antídoto todos moriríamos, ¿pero los médicos, los científicos y los políticos se arriesgarían a morir por dar rienda suelta a una supuesta solución para erradicar esta pandemia sin estar del todo seguros de que no se verían afectados por unos efectos secundarios perniciosos? Comenzábamos a tener nuestras dudas.

En la televisión, en la radio y en las redes sociales se emitían de forma constante películas y series interminables para tenernos entretenidos. Las suscripciones a las plataformas de streaming se concedieron de forma gratuita para que nadie se quedara sin ver su serie favorita o se enganchara a una nueva serie de cincuenta temporadas. Se emitían todo tipo de eventos deportivos, culturales y de entretenimiento que habían triunfado en el pasado. Se crearon nuevos concursos en los que participaban avatares. Hubo mucha gente que comenzó a protestar porque quería participar en concursos culinarios, de habilidades, concursos de conocimientos históricos o musicales, pero se nos había hecho saber que era imposible porque había que guardar las distancias de seguridad que cada vez era de menos centímetros. Los avatares eran los que ganaban o perdían y se estaban convirtiendo en nuestros nuevos ídolos y en nuestros nuevos personajes más odiados, dependiendo de la ocasión. Los debates y la mordacidad en las redes se habían ido desvaneciendo en cuanto muchas cuentas se vieron suspendidas porque criticaban a los políticos desertores o los científicos taimados y quienes no quisieron perder sus cuentas se olvidaron de cuestionar lo que estaba ocurriendo para emplearlas solo como un modo más de entretenimiento y evasión. Todos los posts, los tweets o las entradas que habían sido críticas con lo sucedido desaparecieron de las redes hasta que nos fueron convenciendo de que nuestras preocupaciones tenían que ser otras y que ahora tocaba tener paciencia y disciplina. También fueron moldeando nuestros gustos y nuestros anhelos para tenernos bien controlados y convertirnos en ciudadanos previsibles.

Iban pasando los días y esta era la normalidad y la rutina impuesta. Cerré la ventana y me senté en el sofá porque de pronto me entró sueño, la noche anterior no había dormido bien debido a unos problemas de estomago que estaba teniendo a consecuencia de mi intolerancia a los arácnidos. Tarde unos segundos en cerrar los ojos y dormirme y, de inmediato, comencé a soñar. No sabría calcular cuento tiempo estuve dormido, quizás un día entero, porque al despertarme todo parecía igual y parecía ser la misma hora. Allí estaban los mismos silencios, los mismos sonidos y la misma soledad y como si aún estuviera despierto comencé a recordar lo que había soñado y en mi sueño solo habíamos quedado nosotros en la ciudad. Los políticos, los médicos, los científicos y todo aquel que se convirtió en un imprescindible gracias a su dinero y a su poder estaban desaparecidos sin mantener ningún tipo de contacto con el resto de la humanidad. Por el cielo iban y venían los drones con algunos medicamentos que necesitábamos para mantenernos vivos a algunos todavía y que suponíamos que controlaban ellos, pero solo lo suponíamos. Esa había sido la clave, convertirse en un imprescindible, en alguien que era vital para un nuevo proyecto de vida. Irremplazable, necesario, vital. Imprescindible. Pero no se encontraba huidos en este planeta, no estaban ya en la Tierra, habían conseguido huir hacia otro lugar más allá de la Vía láctea dejándonos solos y abandonados a nuestra suerte y ser consciente de esa realidad no fue lo que más me molestó en mi sueño o en mi realidad porque ya no estaba seguro de que todo eso lo hubiera soñado de verdad, quizás no llegue ni siquiera a dormirme y todo lo que había creído soñar estuviera ocurriendo en realidad. Lo que de verdad me enojó, lo que de verdad me estaba encrespando fue pensar en cómo se había decidido y en quien había decidido quien se podía considerar imprescindible y quien no. Pensé en el Arca de Noe, pero nunca había leído al completo ese relato de la Biblia con lo que no era un lugar donde podía encontrar respuestas. En aquella época puede que hubiese sido Dios quien había fijado los criterios de quien se iba y quien se quedaba, pero ahora puede que hubiesen sido los algoritmos que hacía tiempo que ya eran incontrolables y que tomaban sus propias decisiones y entonces en mi sueño o en la realidad de aquel extraño día pensé que quizás todos los que habían salido del planeta Tierra no lo habían hecho por su propia voluntad, quizás todos esos no eran los imprescindibles. Quizás los imprescindibles éramos los que nos habíamos quedado. Quizás no todos los médicos, ni todos los científicos, ni todos los políticos se habían ido o no les habían expulsado, quizás no a todos. Quizás los algoritmos estaban siendo más justos y estaban cometiendo menos errores que los propios humanos. Si lo pensaba bien, muchas de las series que habían elegido para mi me gustaban y michas de las listas musicales también. Me conocían bien y no solían equivocarse. Podía decir que de alguna manera me habían hecho más feliz que muchas personas. Quizás fueran ellos los que nos estaban protegiendo y quizás dentro de poco podríamos salir de nuevo a la calle y mirarnos a los ojos como si todo hubiese sido una pesadilla. Quizás nunca se trató de saber quiénes eran los imprescindibles, sino que siempre se trató de averiguar quienes eran los comprometidos.

Quizás todo fuera acabar ya.

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